El centenario del poeta César Dávila Andrade, Fakir de Los Andes, se conmemoró en la Biblioteca Nacional

5 Octubre, 2018

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La Embajada de Ecuador en Venezuela donó tres tomos de la Historia de Cuenca y su región, autografiados por el autor

Prensa IABNSB / Fotos: Cenaf 

A objeto de revalorizar y difundir la obra que el poeta ecuatoriano César Dávila Andrade realizó en Venezuela, y que el Instituto Autónomo Biblioteca Nacional y de Servicios de Bibliotecas resguarda con orgullo, se le ofreció un sentido homenaje en la sala Leoncio Martínez de la Hemeroteca Nacional,  en el marco de la conmemoración del centenario de su nacimiento.

El Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela, a través de los ministerios del Poder Popular para la Cultura y las Relaciones Exteriores, y el Gobierno de la República de Ecuador, mediante su representación diplomática, unieron esfuerzos para inaugurar la exposición “César Dávila Andrade: Fakir de Los Andes, Cuenca 1918 – Caracas 1967”, la cual contó con la curaduría de Herenia Acosta, directora de la Colección Bibliográfica General de la Biblioteca Nacional.

La actividad contó con la presencia del presidente del Centro Nacional del Libro (Cenal), Raúl Cazal, en representación del ministro para la Cultura, Ernesto Villegas; el director general de la Biblioteca Nacional, Ignacio Barreto; la encargada de negocios de la Embajada de Ecuador en Venezuela, Elizabeth Méndez; el exministro consejero de la Embajada de Ecuador en Venezuela Eduardo Encalada; y el poeta venezolano José Vásquez; además de destacadas personalidades del mundo de las letras.

En el discurso de apertura de la muestra, Ignacio Barreto destacó el enorme poder de convocatoria que tiene la poesía, y más cuando se trata de un evento para celebrar el nacimiento de un poeta de la talla de César Dávila Andrade.

“Celebrar la poesía es celebrar la vida, incluso a veces en contra de la voluntad del poeta. Esta celebración es una oportunidad de acercarnos a la obra creativa de César Dávila Andrade. Es sin duda una experiencia extraordinaria, que produce un desconcierto necesario, que termina por abrirnos el espíritu y la conciencia, porque hay en esa voz un vínculo con la tierra, con el pasado glorioso de nuestro continente”, expresó Barreto.

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Para la Biblioteca Nacional –dijo- es un gran honor que se hayan escogido sus espacios para esta exhibición.

El presidente del CENAL, Raúl Cazal, luego de transmitir el saludo del ministro Villegas, indicó que los brazos de Venezuela siempre permanecerán abiertos a todos aquellos que por esta tierra quieran transitar, así como lo hizo el poeta ecuatoriano, cuya obras magistrales fueron gestadas en la patria Bolivariana.

Por su parte, el exministro Encalada resumió la obra de Dávila como “poesía con la fuerza de la expresión humana elevada a lo excelso. Su pensamiento es de solidaridad, de humanismo”.

De Dávila, como hombre, exaltó su atracción por las ciencias ocultas, su práctica del hipnotismo y sus características físicas: complexión delgada, 1.60 de estatura, cabello lacio, ojos negros y nariz aguileña. Se le llamaba Fakir por “comer lo mínimo y volar de inmediato a los extraños y pletóricos universos de su creación”.

El enorme poeta cuencano “no es el poeta ignorado, como se suele afirmar. Él vive en cada día como este, cuando es el lector el que tiene la palabra, y a 100 años de su nacimiento, comprende cada vez mejor su mensaje, escrito en diversos géneros. Él vive en la memoria de las gentes que leyeron sus obras”.

Sin lugar a dudas, César Dávila Andrade se encuentra en el alma poética venezolana; y así lo hizo saber el poeta merideño José Gregorio Vásquez, quien ha sido uno de los más profusos compiladores y difusores de la obra daviliana.

Con palabras preñadas de admiración hacía el poeta ecuatoriano, nos permitió imaginar su estancia en este país.

“En Venezuela no solo pasó sus últimos años, sino que sus huellas aún son imborrables. Son sonidos puros para la poesía. Su obra comenzó a envolvernos; nos llevó de nuevo hacia una tradición casi olvidada por nosotros, una tradición que se protegía en otras formas y en otras voces, en otros símbolos; una tradición que venía bajo otros sonidos íntimos a llenar y sacudir la palabra poética de nuestro ahora”.

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La inquietud por traer a la memoria a César Dávila – detalló la encargada de Negocios de la Embajada de Ecuador, Elizabeth Méndez, “surgió en su ciudad natal, cuando nuestro gran amigo Eduardo Encalada sugirió que el legado del Fakir debía ser exaltado tanto en la patria que lo vio nacer como en aquella que lo vio partir”.

“Las palabras de Encalada fueron semillas que cayeron en tierra fértil, que se fue abonando con los generosos aportes de tantos amigos e instituciones venezolanas; de manera que con esta actividad se concreta un sueño que nació en febrero de este año en Mérida, al calor de un café con el poeta José Gregorio Vásquez, con quien esbozamos las primeras ideas para rendirle homenaje en su centenario, al gran poeta, narrador y ensayista, César Dávila Andrade”, agregó.

La diplomática agradeció, en nombre del pueblo ecuatoriano, el cariño y el conocimiento que los venezolanos tienen del Fakir.

Asimismo, enalteció la labor de la Biblioteca Nacional en el resguardo, protección y proyección de la obra del poeta.

Antes de proceder a despejar la cinta inaugural de la exposición, el Gobierno ecuatoriano hizo una donación de tres tomos de la Historia de Cuenca y su región, autografiados por su autor, Juan Cordero Iñiquez, cronista de Cuenca; así como también el libro Batallas del silencio, de César Dávila Andrade, con prólogo de Jesús David Curvelo.

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César Dávila Andrade, poeta, narrador, ensayista, creador a sueldo de la vida, nació en Cuenca, Ecuador, el 5 de octubre de 1918. Este homenaje desde la casa donde vivió sus últimos años y donde nació una obra singular, auspiciada por la entrañable hermandad de Venezuela y Ecuador, es hoy la viva ofrenda al gran artífice que sigue siendo. Él nos despierta ante esa necesidad de comprender permanentemente la palabra que entraña la poesía. Sea este año del centenario de su nacimiento, el mejor motivo para recibirlo nuevamente, para encontrarlo otra vez entre nosotros, caminando su soledad tan sin igual.

EMBARCADERO

Si tuviera aquí mis máscaras de ciudad,

o mi máscara de ventana, todavía.

O aquel verbo

que encadena los pastos a las bestias.

Si al menos tuviera la poesía,

la posible escritura de goma,

como una operación de mono

parpadeante de luciérnaga…

 

CDA

 

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